Mientras la ciudad arde ahí fuera…

Siento mucho no poder escribir últimamente en el blog. Ando con muchas cosas que hacer y cuando parece que tengo algo de tiempo, acabo dedicándolo a otra cosa. No dedicaré hoy mucho tiempo a escribir, pero algo diré de las últimas películas que he visto estos días de Fallas, mientras todo estaba patas arriba en Valencia.

El jueves vi En el centro de la tormenta, lo que han llamado “la aventura estadounidense” de Bertrand Tavernier. Leo por ahí que es una buena película, pero que no está a la altura de lo mejor del director francés. Mi ignorancia es grande y he de reconocer que no he visto ninguna película suya, pero salgo convencido del cine. Durante más de hora y media sigo con interés la investigación del policía interpretado por Tommy Lee Jones.

Se siente el polvo de los paisajes sureños de Lousiana, lo espectral de sus pantanos. Sumando las escenas oníricas de la guerra civil y el retrato que Tavernier hace de un personaje complejo y atormentado, En el centro de la tormenta me cautiva.

 

 

Al día siguiente, ayer, vuelvo al cine a ver un nuevo estreno, El mundo según Barney, la historia de un productor de televisión que recuerda su vida, con sus tres correspondientes bodas, desde sus tiempos bohemios en Roma hasta su vida en familia en Montreal. Divertida al principio, tierna en su desarrollo y dramática al final. Lo que más me sorprende es la construcción del personaje principal, con la excelente interpretación de Giamatti, que fue galardonada con un Globo de Oro.

En Cahiers du cinema escriben este mes que con El mundo según Barney tenemos la sensación de estar viendo algo que ya ha sido muchas veces filmado. Si bien es cierto que las historias de amor han sido más que habituales en el cine, encuentro un punto de vista original en esta propuesta canadiense. Entendemos al personaje, sus pasiones y sus miserias; sí que son lugares comunes, pero con un punto de vista que escapa a la comedia romántica al uso. Muy recomendable.

 

 

Pero si hay una película que ofrezca una visión nueva de las historias de amor, es Los amantes del Círculo Polar. He vuelto a verla estos días para un trabajo que tengo que hacer de la universidad y ha vuelto a sorprenderme tanto como la primera vez que la vi, hace unos años. El cine de Medem nunca me ha terminado de convencer, siempre encuentro en él cosas que me encantan y cosas que no me gustan; ninguna de sus películas me ha convencido totalmente excepto esta. Es lo que tiene hacer un cine muy personal, arriesgar mucho, que el resultado puede ser imperfecto, pero siempre interesante.

En Los amantes del Círculo Polar vemos una historia de amor vivida desde dos puntos de vista bien diferentes, el de Otto y el de Ana. Toda la película es un pulso a la idea del amor eterno, en continua pugna mientras la casualidad se convierte en el verdadero motor del relato. ¿Y el Círculo Polar Ártico? Una construcción de dos amantes, un punto de encuentro, un lugar soñado.

¿Qué le vamos a hacer? Me gustan las historias de amor poco convencionales; películas como esta, o como Olvídate de mí, o como Déjame entrar. Arded, fallas, arded. Yo seguiré viendo películas mientras la ciudad arde ahí fuera.

Miguel Esteban Rebagliato
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Una película hueca

La lucha entre el bien y el mal es algo que en el cine ya tenemos muy visto a estas alturas. De hecho, hemos llegado a un punto en el que las fronteras exteriores entre lo bueno y lo malo muchas veces desaparecen y el eterno conflicto maniqueo se traslada al interior de los personajes. Cisne negro nos muestra precisamente esto, una historia ya mil veces contada, pero con un nuevo envoltorio preparado para la ocasión.

No tengo ningún interés particular por el mundo del ballet, pero me acerco a la película atraído por la evolución del personaje protagonista, su corrupción moral, su deterioro. El resultado me defrauda. No es que Cisne negro sea predecible, es que todo el acontecer de la historia ya se revela en las primeras escenas del metraje. La trama de la película no es más que la adaptación del argumento de El lago de los cisnes a la vida de la bailarina que interpreta el papel principal de la obra.

Por suerte, la psicología del personaje, mi mayor interés ante Cisne negro, cobra todo el protagonismo en la historia. La percepción psicológica se mezcla en la pantalla con la percepción sensorial del personaje, de forma que nosotros, los espectadores, asistimos a un desfile de imágenes que nos llevan directamente dentro de la piel y la mente de la protagonista. Resulta, en mi opinión, muy acertada la decisión de terminar por borrar todas las barreras entre ambas percepciones, de no revelar el artificio, de crear un único punto de vista subjetivo, pues el cine, al fin y al cabo, es eso, una historia contada desde una única perspectiva, se haga explícita o implícitamente.

Sin embargo, parece ser que el principal objetivo de Cisne negro acaba siendo el impacto visual en el espectador. Asistimos a la destrucción del mundo interior de una bailarina obsesionada y arribista, y la fuerza de las imágenes va creciendo hasta desembocar en un poderoso acto final. Y en el centro de todo este impacto visual está la magnífica interpretación de Natalie Portman, verdadero motor de la película. El problema es que visualmente me cautiva, pero, como también me pasó con Réquiem por un sueño, la película más famosa del director, la historia no me convence. Me da la sensación de que detrás de tanto impacto visual apenas hay nada. La película está hueca, demasiado vacía para lo que podría haber sido.

 

 

Ante todo, parece que Cisne negro quiere ser perturbadora. Veo a muchas personas aguantar en tensión desde sus butacas, sufrir los pormenores de la historia. Yo permanezco inalterable. Perturbadoras me parecen las películas de David Lynch o Michael Haneke, esos universos fílmicos construidos desde lo complejo y lo irracional, pero no me lo parece, desde luego, una película como Cisne negro, en la que toda imagen responde a ideas subyacentes tan simples y limitadas. Será mi insensibilidad, o serán mis gustos cinematográficos, pero Cisne negro no consigue sorprenderme.

Miguel Esteban Rebagliato

A un día de los Goya

Sí, estamos a solo un día de los Goya y a mí me va entrando cada vez más el patriotismo cinematográfico según la fecha se acerca. Sé que en el fondo no es más que una manera de promocionar el cine, el cine español, como decían los directores candidatos a la mejor dirección en una entrevista que les hizo El País el otro día. Pero no sé si serán los aires de celebración que invaden al cine español, o no sé qué otra cosa podrá ser, pero ya llevo años acudiendo puntual a ver la gala en la televisión.

El País ha publicado hoy una crónica sobre el estado del cine español un día antes de la celebración de los Goya, que incluye interesantes declaraciones de personas del sector. A nadie se le escapa que esta 25 edición de los premios puede estar llena de conflicto. Desde que empezamos el año los líos de la Academia de Cine y el Ministerio de Cultura se han convertido en un culebrón mediático. Como señala el productor Enrique López Lavigne en el artículo de El País, puede que tenga que ver con el carácter español de “patio de vecinos”. Hay quienes señalan, como el actor Alberto San Juan, que gran parte de la culpa la tienen los medios, que amplifican el conflicto o que, como afirma el actor Antonio de la Torre, incluso lo fabrican.

Muy relacionado con esto están todos los líos de Twitter de las últimas semanas, sobre todo con el polémico Holocausto Vigalondo, aunque sea un tema un poco alejado de los Goya. En la crónica de El País, Daniel Sánchez Arévalo se lamentaba: “ojalá las películas fueran tan populares como las polémicas”. Y eso digo yo, ojalá. Probablemente estos días a la gente, cuando piense en Nacho Vigalondo, le venga antes a la cabeza su humor negro sobre el Holocausto que su película Los cronocrímenes, que a mí personalmente me encanta, o su divertidísimo corto 7.35 de la mañana.

Como decía Isabel Coixet en un artículo de opinión que colgué en Como otros escribieron hace unos días, todo esta polémica no es más que una cortina de humo que oculta los problemas reales del cine español. Es hora de hablar del cine en sí y abandonar estos líos que no son más que intrigas en la corte. No hay más que mirar la lista de candidaturas de esta edición de los Goya para darse cuenta de que el 2010 ha sido un buen año para el cine español; puede que no para la taquilla, pero sí para la calidad y la diversidad de sus propuestas.

Quien dice que el cine español es malo, ¿ha visto También la lluvia, Buried-Enterrado, Todas las canciones hablan de mí…? Ojalá gane la película de Icíar Bollaín, También la lluvia, esa magnífica historia sobre la llegada del hombre europeo a Sudamérica en dos épocas diferentes; ese claro ejemplo de cine dentro del cine, que por momentos juega a revelar y a ocultar su artificio, sin olvidar que más allá de toda representación siempre existe una realidad, en continua dialéctica.

Pero es que en realidad cualquiera de las cuatro películas nominadas son dignas del premio. Ya escribí sobre Balada triste de trompeta, la fascinante criatura de Álex de la Iglesia, en la que lo cutre y lo magnífico van de la mano para crear una película renovadora. Y también escribí sobre Buried-Enterrado, el film de Rodrigo Cortés que consigue encerrarte en el entorno tan limitado de un ataúd durante hora y media y aun así entretenerte.

Por desgracia, pese a haber asistido al prestreno de Pa negre con la presencia de su director, Agustí Villaronga, no tuve tiempo de escribir sobre ella en el blog. Para la gran mayoría que no la habrá visto, Pa negre puede parecer una película más sobre la guerra civil, pero no es exactamente eso. La película de Agustí Villaronga huye del maniqueísmo habitual con el que se representa el conflicto y refleja, con mucha precisión, la miseria y la corrupción moral de la posguerra española, en un crudo relato sobre la infancia, la vergüenza y la identidad.

Visto lo visto, mi opinión es bastante clara: en el cine español hay malas películas, pero también otras muy buenas, como al fin y al cabo sucede en todas partes. Mañana seguiré con entusiasmo la gala, porque, además de todo el valor promocional de los premios, los Goya son la celebración de la calidad del cine español, celebración que los propios autores protagonizarán. Mañana cerraré la encuesta sobre los premios y revelaré los resultados, así que aún está a tiempo de votar quien todavía no lo haya hecho.

La nueva comedia española

Desde que empezó el año he visto dos comedias españolas que me han hecho salir del cine con esa satisfactoria sensación que se tiene al haber pasado un rato muy bueno. Hablo de No controles y Primos, las últimas películas de Borja Cobeaga y Daniel Sánchez Arévalo.

No controles sitúa su acción en un hotel durante la última noche del año, en el que se alojan centenares de pasajeros que no han podido volar a sus destinos por culpa del mal tiempo. En ese hotel Sergio (Unax Ugalde) hará lo posible y lo imposible para recuperar a su ex novia (Alexandra Jiménez), antes de que se vaya a vivir a Alemania.

En Primos, Diego (Quim Gutiérrez), después de que lo dejen plantado en su boda, decide irse a pasar unos días con sus primos al pueblo donde veraneaban cuando eran pequeños. En parte buscando un amor de adolescencia, en parte huyendo del pasado, el viaje acaba adquiriendo un papel catártico en los problemas y las carencias de los tres primos.

Lo que más me gusta de ambas películas son, sin duda, sus personajes y es que ya lo he dicho muchas veces: cuando una película o una serie tiene buenos personajes, ya tiene mucho ganado. Los personajes de No controles y Primos pueden ser en apariencia tipos duros, cómicos o sensibles, pero siempre resultan entrañables y al espectador apenas le cuesta identificarse con ellos. Son personajes que ya de primeras caen simpáticos. Y lo que me resulta casi imprescindible: están bien alejados de los arquetipos y su humanidad es palpable.

Pero es que No controles y Primos tampoco fallan en otros dos aspectos fundamentales: la trama y la comicidad.  A pesar de que No controles no tiene tanto ritmo como la primera película de Cobeaga, Pagafantas, sabe aguantar una trama principal mientras hace reír al espectador a carcajadas en varias ocasiones. Sin embargo, el contraste es muy grande cuando el grandísimo JuanCarlitros, magistralmente interpretado por Julián Muñoz de Muchachada Nui, está o no en pantalla, pero esto para mí tampoco supone un problema.

En Primos las ocasiones de carcajada son menores (aunque el baile y en general el primo José Miguel son dignos de ella); sin embargo, la sonrisa no se te borra de la cara durante casi toda la película. Lo que me fascina de la película de Daniel Sánchez Arévalo es que no existen tramas secundarias como tales, sino que la historia de cada primo se articula como una trama principal, con el mismo peso e igual de bien resuelta que el resto, pero al mismo tiempo muy bien articulada con las otras dos desde el principio y sin caer en el carácter fragmentario típico de las películas corales.

Y, por supuesto, las interpretaciones son magníficas en Primos, con todos los actores habituales de Daniel Sánchez Arévalo: el camaleónico Raúl Arévalo, haciendo esta vez de chulo madrileño (“eres la cosa más bonita de la provincia de Santander”); un borracho Antonio de la Torre, al que parece que le han dejado la cara un poco perjudicada desde Balada triste de trompeta, y un Quim Gutiérrez muy bien caracterizado, al que no reconocí hasta ver su nombre en los créditos.

Todo esto me hace pensar que está surgiendo una nueva comedia española. Ni voy a teorizar sobre sus orígenes ni sobre ningún nuevo tipo de movimiento cinematográfico, pero sí que considero que las películas de Borja Cobeaga y Daniel Sánchez Arévalo están alejándose de lo que viene a ser lo habitual en las manifestaciones cómicas de nuestro cine. Puede que sea el relevo generacional, directores en pleno proceso de consolidación, pues al fin y al cabo esta es la segunda película de Cobeaga y la tercera de Sánchez Arévalo, tras la excelente Azuloscurocasinegro, considerablemente alejada de la comedia, y la irregular Gordos, que, si bien en un principio me gustó, dejó de convencerme según iba avanzando el metraje.

Alguien me dijo ayer inocentemente que Primos tenía buena pinta, pero tenía miedo de que le decepcionara al ser una película española. Ya se sabe lo que se suele pensar del cine español, pero Primos no decepciona. Afortunadamente, ni la película de Cobeaga ni la de Sánchez Arévalo se acercan a la españolada, a esa evolución que ha tenido el género hasta adueñarse de una parte considerable de la comedia española. Ni se acercan tampoco a esas réplicas cinematográficas de las series españolas de éxito (todavía traumatizado porque mi padre haya comprado Mentiras y gordas con El País). Por suerte, películas como No controles y Primos nos demuestran que hay otros firmamentos más allá de ese limitado star-system.

El amor es un tema universal en el cine, pero Daniel Sánchez Arévalo y Borja Cobeaga han sabido plasmar su propia visión. Puede que este tipo de películas esté construyendo una tercera vía en la comedia española, lejos de todo sentido político-económico. Id a verlas, y no me vale la excusa de que estas películas no merece la pena verlas en el cine.

Miguel Esteban Rebagliato

A diez minutos de la vida

Las últimas tres películas que vi de My French Film Festival curiosamente trataban de la vida lejos de la ciudad, en los suburbios o en el campo. Los personajes actúan de maneras diferentes ante la situación que les ha tocado vivir, pero como señalaba la sinopsis de una de estas películas, todos ellos viven a diez minutos de la vida.

En Todo brilla dos adolescentes, hijas de inmigrantes, se adentran en el glamour del centro parisino y sus fiestas fingiendo una vida que no es la suya, muy lejos de los suburbios en los que han nacido y han crecido. La eterna historia de la cenicienta, llevada a las calles del París de nuestros días. La pijería y la frivolidad inicial llegan a resultar insoportables, pero poco a poco van dando paso a una emotiva historia sobre la identidad, la amistad y las renuncias, que hace que la película y sus juegos de espejos merezcan la pena.

Si en Todo brilla la solución a la situación que sufrían los personajes estaba en la huida, en Cabeza de turco nada ni nadie sale de su asfixiante entorno. En un barrio en el que la esperanza ya parece perdida, unas revueltas violentas convierten a un joven turco en héroe y culpable de una misma tragedia. La ciudad reconoce su heroicidad con una medalla, que puede convertirse en su pasaje a una vida mejor, pero él se siente culpable de un crimen que ha de confesar. Con reminiscencias a El odio, Cabeza de turco teje, a partir del suceso inicial, una red de consecuencias en la que se ven atrapados diversos personajes.

Adiós Gary se sitúa en un entorno bien diferente al de las dos otras películas. Ambientada en un pueblo rural medio abandonado, en el que sin embargo todavía siguen viviendo unos pocos, nos cuenta la historia de un hombre que al salir de la cárcel vuelve allí con su familia. En Adiós Gary los personajes viven sometidos a la más pura resignación, pero la solución a sus problemas no está en la violencia, ni en la huida, sino en ellos mismos y en sus acciones. Lo más interesante de la película es el particular universo que crea, un microcosmos que en los últimos minutos se ve salpicado por cierta dosis de realismo mágico. La película me interesa, pese a ser un poco lenta en ocasiones, pero quizá con algunos elementos fantásticos más habría sido más de mi agrado.

Y así termina para mí My French Film Festival, después de haber visto siete de los diez largometrajes de la sección oficial. Todavía no han anunciado el palmarés del festival, pero seguro que le dan el premio a una de las tres películas que no he visto, como me pasó el año pasado en Cinema Jove.

Miguel Esteban Rebagliato

The Wire, la serie perfecta

Sí, The Wire es la serie perfecta -digo dejándome llevar por el entusiasmo-. Nunca podré escribir la entrada perfecta que la serie merece, pero éste es mi intento. Tampoco incluiré spoilers porque quiero que leáis esto y algunos veáis la serie.

The Wire es un proyecto ambicioso, una serie sobre una ciudad entera, la ciudad de Baltimore (Maryland). En un principio parece que la serie trata sobre el tráfico de drogas y las investigaciones policiales asociadas a él y, de hecho, así es en la primera temporada, pero según avanza, la serie se va expandiendo hacia la política, la educación y, en definitiva, hacia las principales instituciones de una ciudad.

David Campos decía en los vídeos que hice en navidad que Lost era como un cuadro que se nos iba revelando poco a poco, hasta que al final se nos mostraba en su totalidad. Con The Wire ocurre lo mismo, pero en la serie de David Simon y Ed Burns es tal la inmensidad revelada que corremos el peligro de convertirnos en náufragos. Pero esto es lo magnífico de The Wire, es tan compleja, tan basta y a veces tan inabarcable como la realidad misma.

Y es que en The Wire la realidad y la ficción van de la mano. La serie no cuenta hechos reales, sus tramas son construcciones de ficción, pero todo lo subyacente que se desprende de las instituciones de Baltimore se intuye que no debe de estar muy lejos de ser una representación bastante fiel de la realidad, muchas veces fruto de las experiencias personales de los creadores: David Simon, periodista, y Ed Burns, profesor y policía. Frustados profesionalmente ante una ciudad que no funciona, saben plasmar perfectamente la corrupción, el exceso de burocracia, el arribismo y los intereses personales en los engranajes, oxidados, que deberían hacer funcionar la ciudad de Baltimore.

No es difícil pensar que David Simon durante toda la serie hace un símil entre lo que refleja del cuerpo de policía y lo que fue su propia experiencia en el Baltimore Sun. Ya por algún motivo una premonitoria cita suya encabezaba la web de nuestras prácticas de Periodismo Digital: “La gente que lleva los periódicos ya no respeta su propio producto”. Grande fue mi entusiasmo al ver en el opening de la última temporada -pues cada temporada tiene una versión diferente- una imprenta sacando las tiradas de un periódico. David Simon se lo tenía reservado: la prensa iba a ser la última víctima de The Wire.

Pero, sin duda, uno de los puntos clave de una serie son sus personajes, a quienes vamos a ver horas y horas en pantalla. Lo sorprendente es que, pese a que The Wire tiene muchas tramas en cada temporada y múltiples personajes en cada una de ellas, David Simon y Ed Burns se las ingenian para crear grandes personajes. Me apasionan Jimmy McNulty, Lester Freamon, Bubbs, Omar Little, Stringer Bell…, tanto de los “buenos” como de los “malos”, porque en realidad The Wire deja los juicios morales aparte y diluye con maestría la frontera entre el bien y el mal.

Puede que no sea una serie para todos, puede llegar a ser bastante minoritaria incluso, pero los amantes de las series largas y complejas que consigan adentrarse en The Wire disfrutarán de una de las mejores series que se han hecho nunca en la televisión. Desde que la acabé, tengo el síndrome post-thewire, ya pocas series me entusiasman. Por suerte, no nos hemos quedado completamente huérfanos y esta primavera volverá con su segunda temporada Treme, la última y más que recomendable creación de David Simon.

Miguel Esteban Rebagliato

Más cine francés

Estos días he seguido viendo algunas películas de My French Film Festival, el festival del que os hablé la semana pasada. Como no he tenido mucho tiempo últimamente, no he podido escribir todo lo que me gustaría, así que me veo obligado a escribir en forma de tríptico. Desde la última vez que escribí, he visto tres películas del festival: Bus Palladium, Cómplices y La familia Wolberg.

Bajo el incomprensible nombre de Bus Palladium se esconde una película sobre un grupo de rock francés de mediados de los 80. Desde el principio, parece que va a ser la típica película nostálgica e idealizada sobre la época, pero luego descubrimos que más que apostar por el mito, el ascenso y la caída de una banda cualquiera, la película afortunadamente se centra en el lado humano del asunto, con unos personajes bastante buenos.

Si bien no es nada novedoso, por lo menos es agradable de ver. Luego busco en Internet “Bus Palladium” y descubro que es una discoteca francesa mítica en aquellos años. Ahora todo tiene sentido.

Cómplices se adentra en el mundo de la prostitución masculina con una estructura narrativa bastante atractiva. En la primera escena de la película ya vemos el cadáver del protagonista flotando en el agua, un punto de partida similar al de la magnífica película de Billy Wilder El crepúsculo de los dioses. A partir de esa primera escena, se inicia un relato paralelo con la investigación policial del asesinato, por una parte, y, por otra, con los últimos días del personaje principal; dos líneas narrativas que llevan al espectador a un final común: la muerte del protagonista.

Como ocurre en Laura de Otto Preminger y en Twin Peaks, a través de la investigación vamos conociendo a la víctima, pero en este caso también vemos directamente cómo era su vida. Estructuralmente, Cómplices sería como un montaje paralelo de Twin Peaks y Twin Peaks: fuego camina conmigo -una mezcla que, por cierto, sería bastante interesante de ver-. Pero la película no sólo cuenta una historia de prostitución; es, ante todo, una película sobre el amor juvenil.

Por su parte, La familia Wolberg es una historia sobre una de las instituciones más importantes de la vida: la familia. Pero la película no nos muestra una visión idealizada del asunto, ni tampoco una historia coral de sus miembros, como la excelente El primer día del resto de tu vida. El tema central del filme es la desintegración de la familia, las despedidas, y esto lo trata con un tono trascendental, en algunas ocasiones poético y en otras, bergmaniano; un tono, que, por lo menos para mí, resulta efectivo.

Miguel Esteban Rebagliato

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Miguel Esteban Rebagliato

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