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Una película hueca

La lucha entre el bien y el mal es algo que en el cine ya tenemos muy visto a estas alturas. De hecho, hemos llegado a un punto en el que las fronteras exteriores entre lo bueno y lo malo muchas veces desaparecen y el eterno conflicto maniqueo se traslada al interior de los personajes. Cisne negro nos muestra precisamente esto, una historia ya mil veces contada, pero con un nuevo envoltorio preparado para la ocasión.

No tengo ningún interés particular por el mundo del ballet, pero me acerco a la película atraído por la evolución del personaje protagonista, su corrupción moral, su deterioro. El resultado me defrauda. No es que Cisne negro sea predecible, es que todo el acontecer de la historia ya se revela en las primeras escenas del metraje. La trama de la película no es más que la adaptación del argumento de El lago de los cisnes a la vida de la bailarina que interpreta el papel principal de la obra.

Por suerte, la psicología del personaje, mi mayor interés ante Cisne negro, cobra todo el protagonismo en la historia. La percepción psicológica se mezcla en la pantalla con la percepción sensorial del personaje, de forma que nosotros, los espectadores, asistimos a un desfile de imágenes que nos llevan directamente dentro de la piel y la mente de la protagonista. Resulta, en mi opinión, muy acertada la decisión de terminar por borrar todas las barreras entre ambas percepciones, de no revelar el artificio, de crear un único punto de vista subjetivo, pues el cine, al fin y al cabo, es eso, una historia contada desde una única perspectiva, se haga explícita o implícitamente.

Sin embargo, parece ser que el principal objetivo de Cisne negro acaba siendo el impacto visual en el espectador. Asistimos a la destrucción del mundo interior de una bailarina obsesionada y arribista, y la fuerza de las imágenes va creciendo hasta desembocar en un poderoso acto final. Y en el centro de todo este impacto visual está la magnífica interpretación de Natalie Portman, verdadero motor de la película. El problema es que visualmente me cautiva, pero, como también me pasó con Réquiem por un sueño, la película más famosa del director, la historia no me convence. Me da la sensación de que detrás de tanto impacto visual apenas hay nada. La película está hueca, demasiado vacía para lo que podría haber sido.

 

 

Ante todo, parece que Cisne negro quiere ser perturbadora. Veo a muchas personas aguantar en tensión desde sus butacas, sufrir los pormenores de la historia. Yo permanezco inalterable. Perturbadoras me parecen las películas de David Lynch o Michael Haneke, esos universos fílmicos construidos desde lo complejo y lo irracional, pero no me lo parece, desde luego, una película como Cisne negro, en la que toda imagen responde a ideas subyacentes tan simples y limitadas. Será mi insensibilidad, o serán mis gustos cinematográficos, pero Cisne negro no consigue sorprenderme.

Miguel Esteban Rebagliato

A treinta segundos de marte

De no conocer a Jared Leto, he pasado a verlo cada dos por tres desde hace unos meses. Allá por septiembre vi la genial y tristemente desapercibida Mr. Nobody, gracias a la recomendación de mi amigo Borja Pascual, y justo ahora mismo he terminado de ver Réquiem por un sueño.

Me habían hablado muy bien de Réquiem por un sueño y, en cambio, creo que la película no está a la altura de lo que me habían dicho. Visualmente es muy atractiva, hay que reconocerlo. El montaje con tanto plano detalle rápido es increíble, e igual de bueno es el resultado con la música y los efectos de sonido. Sin embargo, me da la sensación de que al final tanta preocupación por la estética acaba yendo en contra de la película.

Parece que a la media hora la historia se quede estancada y no sea más que una sucesión de representaciones de la psicodelia de la situación, generalmente con poco valor narrativo. Y es que algunas escenas son visualmente muy interesantes, pero ciertos recursos de otras me parecen cutres. Supongo que hace diez años impresionarían, pero el tiempo pasa.

Al fin y al cabo, la película cuenta la típica historia de ascenso y caída en el imperio de las drogas. Si bien la historia de la madre es más original en su planteamiento, al rato vemos que, como toda la película, no avanza. Un clímax y desenlace más lejos de lo común, y más cercano a la náusea, por lo menos consigue sacarnos del estancamiento. Tengo que agradecerle a mi DVD que se haya quedado parado en todo su apogeo. Ya no hace falta taparse los ojos, como cuando éramos pequeños, el reproductor se salta las escenas desagradables por ti.

Prácticamente nadie, sin embargo, me ha hablado de Mr. Nobody. La película se estrenó en cines este verano y apenas duró en cartelera. Mr. Nobody también tiene una estética muy elaborada, pero en su caso, ésta no acaba absorbiendo toda la atención en detrimento de la historia, sino que te introduce progresivamente en las ensoñaciones del mundo que refleja la película, en todas las vidas posibles de Nemo Nobody.

A todos los que no la conozcáis, os la recomiendo. No queráis saber más sobre ella, tampoco queráis desde el principio entenderla; simplemente dejad de hablar de Réquiem por un sueño y dejaos llevar con Mr. Nobody.

Miguel Esteban Rebagliato

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Miguel Esteban Rebagliato

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